jueves, 20 de octubre de 2016

EL ASUNTO

Para escribir el relato de el principito el ilustre aviador, Antoine de Saint Exupery no necesitó de montar por ignorados y misteriosos lugares; no tuvo que recorrer enormes distancias ni hablar con gente lejana y exótica.
Sólo tuvo que dejar que el niño que vivía permanentemente en su corazón le contara la sorprendente y maravillosa historia del pequeño trotamundos despreocupado y y gentil, que un día visitaría nuestro planeta desde su remoto asteroide B612. Y es el corazón de niño que todos tenemos, a donde va dirigido el relato; a esos inexplorados y recónditos lugares de nuestra alma donde aún conservamos, limpios y puros, nuestros mejores sentimientos, preservados de los innobles, contaminantes de nuestra atormentada vida adulta.

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